Nazanin Armanian
Publico.es
“Todos para uno, uno para todos”. Con este lema tribal, los jefes de las dictaduras de Arabia Saudí, Turquía y Pakistán firmaron el 7 de agosto el “Acuerdo de Defensa Conjunta de La Meca”, y lo sellaron con una oración en la Gran Mezquita de la ciudad santa. Que la religión oficial de los tres Estados firmantes sea la corriente sunnita del islam (profesada por cerca del 90% de los 2,19 mil millones de musulmanes del mundo), que los tres sean vecinos de Irán, y que celebrasen su cumbre en la Casa de Alá, uno de los dos lugares sagrados (junto con la mezquita Al Quds de Jerusalén) que el fundador de la Teocracia Chiíta de Irán (TCHI), el ayatolá Jomeini, quiso “liberar” de las garras de los apóstatas para incluirlos en su proyecto del imperio chiíta, no es ninguna casualidad. Lo del ayatolá es una anomalía cuando se trata de las razones de las guerras, que casi siempre están promovidas por cuestiones económicas. La cruzada de Jomeini contra Israel y Arabia Saudí tenía una naturaleza absolutamente religiosa: los judíos y los sunnitas, aun siendo hijos de Abraham, no se merecían ser guardianes de dichos templos.
2. Dos son los principales motivos para que la Troika sunnita, compuesta por el mayor exportador de petróleo del mundo, el poseedor del segundo ejército más grande de la OTAN, y el único país “musulmán” con armas nucleares, haya tardado cerca de medio siglo en plantar cara a la TCHI, instalada en 1978 por los G4 en Irán:
1) Encontrarla en su momento más débil, tanto por la derrota de los ayatolás en Siria, Irak, Gaza y el Líbano, como por el aumento de las protestas sociales contra el capitalismo totalitario islámico, sobre todo por sus invencibles mujeres;
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