Hambre, El Terrorista

Público
Nazanín Armanian
¿Cuántas personas son víctimas al año del terrorismo convencional, ese “principal problema de la humanidad”? ¿200? ¿7000? Cada año el hambre arranca la vida a unas 14 millones de personas. La crisis financiera, provocada por los terroristas económicos, ha empujado a unos 80 millones de nuevos hambrientos a las filas de los 1200 millones que ya dormían con el estomago vacío. Desde el inicio de la Guerra contra el Terror, la más destructiva de las armas ha matado a cerca  de 120 millones de personas.
“El mundo sigue siendo peligroso “, aclamó Bush padre para acabar con la ingenua ilusión de quienes soñaban que con el fin de la Guerra Fría, el ingente presupuesto militar se destinaría a poner fin a la brecha que separa los Nortes de los Sures. Los fabricantes de bombas y tanques sacaron brío a sus productos: nacía el terror universal. El gasto mundial en armamento subió un 45 por ciento en una década, y un solo Tomahawck costó lo mismo que el alimento para un año de los 26 mil niños que mueren de hambre a diario.
Los 6 mil millones de dólares que gasta EEUU al mes en el negocio antiterrorista de Irak, los recupera llevándose sus recursos. Los empobrecidos iraquíes, además pagan el coste de las bombas que se les cae encima. Así de macabro. 
Aquí, el gobierno de Washington ni siquiera comparte aquellos beneficios con sus propios ciudadanos. En 2008 murieron cuatro veces más veteranas de guerra por no tener seguro médico que la suma de los caídos en Irak y Afganistán el mismo año.
En otro escenario, los estómagos llenos se divierten en concurso de atiborrarse de Hot dog hasta reventar. Se destruyen toneladas de alimentos en tomatazos, y se vierten mares de leche sobre el asfalto. ¡Cuántas madres implorarían unas gotas para engañar a los labios sedientos de sus criaturas!.
En este retrato inmoral de la humanidad el 1% de los más ricos posee el 40 % de la riqueza del planeta.
Capitalismo que muestra su rostro sin maquillaje en la India, esta “democracia” donde media población vive hundida en la pobreza y cuya única dieta consiste en tragarse fantasías cargadas de resignación y la esperanza de reencarnarse en maharajá. ¡Se vende la miseria como algo exótico!. En algunos poblados de Méjico, tierra del Oro Negro, se empieza a comer ratas, y en el Afganistán “libre y democrático” la esperanza de vida no alcanza ni los 45 años.
Terroristas económicos, mandatarios ineptos, tiranos conscientes de que el hambre no pasa factura, que buscar el sustento resta fuerzas, y que nunca podrían gobernar a un pueblo próspero.
Un hambre que no es ni por falta de alimentos, ni por desajuste entre la oferta y la demanda, ni siquiera es por las políticas no acertadas. El hambre es una estrategia política, una herramienta para perpetuar el estado de esclavitud de uno de cada seis seres humanos.

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