Todo está a punto para una agresión militar estadounidense-israelí y sus aliados contra Irán de consecuencia literalmente inimaginable. Un “incidente” encenderá la mecha de la guerra. Las ultimas posturas propagandísticas de Bush, sobre todo en su discurso sobre el Estado de la Nación- manifiestan que el mandatario yanqui ha abandonado el enemigo Al Qaeda para convertir a los chiitas (o sea Irán) en el principal peligro para la humanidad entera. Por ello, a demás de las medidas tomadas en la región con el fin de emprender la nueva locura bélica (como por ejemplo, impulsar una incipiente guerra civil en el Líbano, e instalar los soldados de la OTAN en este país con el fin de debilitar a Hezbolá como aliado de Irán; provocar un conflicto entre Hamas y Al fatah en Palestina, y aumentar el numero de soldados de ocupación en el Irak y en Afganistán), amenaza a Irán de forma directa con el objetivo de preparar la opinión publica mundial, así como medir las posibles reacciones de la República Islámica. De allí el asalto al consulado de Irán en el Kurdistán iraquí y la detención de sus funcionarios, la filtración en el dominical británico ‘The Sunday Times de los planes israelíes para lanzar un ataque nuclear sobre Irán (¡ o sea, que es Israel quien posee armas nucleares ilegales y el Organismo Internacional de la Energía Atómica las busca en Irán!), que según los militares iraníes tienen como objetivos unos 1500 blancos militares y civiles; la imposición de sanciones en contra del comercio iraní de materiales y tecnología nuclear por el Consejo de Seguridad de la ONU ; las ordenes de Bush para matar a los efectivos iraníes en Irak, al puro estilo de mafia, sus proyectos para reducir el peso de los chiitas en el gobierno iraquí en favor de los sunnitas, y la aprobación por la Asamblea General de la ONU de una resolución que condena las negaciones del Holocausto, con la mirada puesta en Irán.

Justo por este ultimo acto, creo conveniente explicar la postura de diferentes sectores del régimen islámico respecto a aquella polémica conferencia del presidente Ahmadineyad, así como una breve mención de las relaciones históricas entre los iraníes y los hebreos.

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La iniciativa del presidente Mahmud Ahmadineyad, en diciembre pasado, de celebrar un encuentro para “comprobar si el Holocausto realmente tuvo lugar durante la II Guerra Mundial”’, y que reunió a elementos de extrema derecha, nazis, veteranos racistas, líderes del Ku Klux Klan, entre otros, no sólo provocó protestas fuera del país, sino también en los círculos políticos iraníes e incluso en el seno del fragmentado régimen islámico, donde el enfrentamiento entre el clero conservador y los militares islamistas, representado por el jefe del ejecutivo se obvió más que nunca. En el medio se situaban los sufridos ciudadanos que no paraban de preguntarse, “¿por qué el presidente se interesa de repente por unos hechos ocurridos hace sesenta años, en la otra punta del mundo, y que no sólo no tiene que ver con Irán y con sus intereses, sino todo el contrario, con lo que está cayendo en el zona?”.

Es importante aclarar que ni el discurso antijudío, ni algo semejante a Holocausto nunca tuvieron lugar en Irán ni en el resto de Oriente Medio. Las persecuciones puntales que ha han sufrido los hebreos en esta región por parte de diferentes sistemas políticos más que por motivos religiosos han sido por cuestiones políticas; del mismo modo que ha habido y hay persecuciones contra los chitas, sunnitas, comunistas, armenios o kurdos. Por lo tanto, si bien existe el fenómeno antisionismo, desde la fundación de Israel, esta región desconoce el antisemitismo, como una corriente ideológico-política.

El extemporáneo debate sobre Holocausto promovido por Ahmadineyad, cuya intención quizás no fue otra que desenmascarar el doble rasero con el que los organismos internaciones miden los crímenes cometidos por parte de diferentes Estados, y su intento de encabezar la causa palestina, han sido duramente criticados en el interior del país. Esta retórica contra Israel no tiene precedentes en los 27 años de historia de la República Islámica. Incluso Baztab, uno de los principales diarios digitales del régimen, lanzó por Internet su teoría de que alguna mano negra entre los círculos cercanos al presidente le había tendido la trampa de la conferencia. Para fundamentar su tesis, el diario recordaba que incluso el Ayatolá Jomeiní, teniendo una postura clara contra Israel nunca dudó de la realidad de Holocausto ni mucho menos organizó un seminario internacional al respecto. Por lo que pregunta “¿Qué motivos había para gastar varios millones de dólares y hablar de algo que sucedió a miles de kilómetros de Irán? Y le recuerda al jefe del ejecutivo que “usted es el presidente de Irán y no de palestina”. Por su parte, el rotativo Jomhuri.e Eslami, principal portavoz del clérigo, cree que con estos debates el presidente pretende “correr una cortina de humo y desviar la atención de la opinión publica interna sobre los graves problemas económicos y políticos que consumen el país”.

Otra crítica venía por parte del ex presidente Mohamad Jatami quien consideraba insensato discutir sobre la posible exageración de algunos historiadores y recordaba “La muerte de tan sólo un judío es un crimen”. Otro clérigo, Mohamad Batahi, reflexionaba en voz alta “Este asunto no tiene nada que ver ni con Irán, ni con el Islam ni con ninguna de las necesidades del pueblo. No es justo que el mundo entero vea a los iraníes, un pueblo con tanta civilización a sus espaldas, sentado junto con los nazis y fascistas”.

Farzad Bagherzadeh, periodista, fue más lejos y propuso llevar a los tribunales a los organizadores del congreso por “atentar contra la seguridad nacional del país, en estos delicados momentos.”

La historia de las relaciones entre los iraníes y los judíos se remontan al siglo VI antes de Cristo. Los relatos bíblicos de Ezra, Esther, Nejemías y Daniel no sólo sitúan al pueblo judío en Persia, sino que los libros de historia testifican que Esther (“estrella” en persa), fue una reina judía que gobernó Irán, y que los 32 lugares sagrados de los judíos, entre ellos la tumba del profeta Daniel situada en la vieja ciudad Susha, sur de Irán, siguen siendo lugares de peregrinación para los judíos y musulmanes de la región.

Hoy cerca de 25.000 Parsims -”persas” en hebreo, el nombre con el que se les llama a los judíos iraníes- convierten a Irán, después del Israel, al Estado con mayor número de miembros de esta comunidad en Medio Oriente. Ellos son los descendientes de los judíos liberados por Ciro el Grande tras la conquista de Babilonia en el 539 a.C. Aquel emperador persa promulgó, en la Primera Declaración de los Derechos Humanos, un decreto por el que se autorizaba a los judíos exiliados a regresar a Jerusalén y reedificar su templo, con total libertad de practicar su religión, hablar su lengua y mantener sus tradiciones. Hoy la comunidad judía iraní posee 43 sinagogas en funcionamiento, goza de servicios sociales propios como guarderías, casas de ancianos y un hospital en la capital de 102 camas, que acoge también a los compatriotas no judíos. También operan asociaciones como la Organización Central de judíos de Irán, la Sociedad de Judíos de Teherán, así como organizaciones de mujeres, jóvenes y clubs deportivos.

Pues, salvo a las multinacionales de armas y sectores relacionados, a nadie – sea musulmán, cristiano o judío-, le conviene tergiversar la historia y provocar más guerras y más sufrimientos en esta azotada zona del planeta.